El 20 de marzo Proyecto PERIPLO y las organizaciones aliadas que conforman la Comunidad PERIPLO fueron parte del “Intercambio de Saberes: Perspectiva de género para acompañamiento a personas trabajadoras agrícolas migrantes”, un espacio guiado por el Centro de Estudios en Cooperación Internacional y Gestión Pública (CECIG)donde se compartieron experiencias y saberes para llevar a cabo procesos de acompañamiento que tomen en cuenta las violencias de género que se manifiestan en la sociedad y en el sector agrícola.

Para entender la importancia de este encuentro, primero, hay que saber qué es la perspectiva de género; en su artículo El Trabajo desde la Perspectiva de Género, Josefa Montalvo Romero explica esta mirada como «un punto de vista, a partir del cual se visualizan los distintos fenómenos de la realidad (científica, académica, social o política), que tiene en cuenta las implicaciones y efectos de las relaciones sociales de poder entre los géneros masculino y femenino”.

No debemos olvidar, y fue dialogado por las organizaciones, que la perspectiva de género toma en cuenta el sistema de opresión que condiciona a las mujeres, pero también a personas de la diversidad sexual y de género; aunque por el momento en el sector agrícola, este grupo poblacional no ha sido identificado por las organizaciones que conforman la Comunidad PERIPLO. Sin embargo, se trata de una presencia muy visible sobre la que es necesario activar las estrategias del proyecto en términos de acceso a derechos y reducción de las brechas de desigualdad.

En este sentido, hablar de perspectiva de género no es sinónimo de violencia hacia las mujeres; no obstante, es una herramienta analítica que permite observar cómo ellas son víctimas de un mayor número de vulneraciones por razones de género, es decir, por el simple hecho de ser mujeres.

En la actualidad, es fundamental reconocer la importancia de incorporar esta perspectiva en los procesos de acompañamiento en el campo, donde las trabajadoras agrícolas enfrentan desafíos específicos en el ámbito laboral y social, como la discriminación, la falta de acceso a derechos laborales, el acoso y la violencia sexual. Por ello, es crucial que los programas y políticas de acompañamiento sean diseñados con un enfoque que permita abordar de manera efectiva sus necesidades y garantizar sus derechos.

Según datos de ONU Mujeres, para 2020, en nuestro país había aproximadamente dos millones de personas que trabajaban por el jornal en el sector agrícola, de las cuales 12.7% eran mujeres; de ellas, el 91% carecían de cualquier tipo de prestación laboral. Por otro lado, de acuerdo con el documento “La situación de las mujeres en los sistemas agroalimentarios”, de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), para el 2023 el 58% de las mujeres trabajadoras agrícolas laboraban sin pago; el 21% eran jornaleras o peonas; y, en cuanto a la posesión de la tierra, una cifra muy baja era posesionaria (27%) o ejidataria (21%).

Una perspectiva de género en los procesos de acompañamiento también implica reconocer y valorar las voces de las trabajadoras agrícolas,así como promover su participación activa en las decisiones que afectan su vida laboral y personal.  Al respecto, Margarita Nemecio, Coordinadora Derecho al Trabajo Decente del CECIG, compartió que “desde las organizaciones es importante crear espacios seguros donde no se impongan ideas, donde se escuchen las experiencias y necesidades de las demás personas a las que queremos ayudar”.

Es importante reiterar que el acompañamiento con perspectiva de género no solo toma en cuenta a las mujeres ―aunque ellas son el centro a causa de las desigualdades sistemáticas que las afectan por razones de género― sino a toda la comunidad por lo que no sólo beneficia a las jornaleras, sino que también aporta al desarrollo integral de las comunidades y al fortalecimiento del sector agrícola.

Cuando las mujeres tienen acceso a mejores condiciones laborales, educación, salud y participación en la vida comunitaria, y laboral, se crean impactos positivos en la economía, en la seguridad alimentaria y en el bienestar general de la sociedad.

En palabras de Ana Lara, encargada del área de comunicación digital del CECIG: “La lucha de las mujeres trabajadoras agrícolas es importante porque vivimos de su trabajo. Primero, son seres humanos con derechos que deben ser respetados y, después, la mayoría de las personas, sobre todo en la ciudad, vivimos gracias a su labor.  No hay dudas: su lucha también es la nuestra”.

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