El pasado 23 y 24 de mayo se llevó a cabo el encuentro anual del Proyecto PERIPLO, un espacio de creatividad para reflexionar en torno al trabajo realizado por las organizaciones aliadas. Durante ambos días las personas asistentes se reunieron en la Casa Refugio Citlaltépetl ―un espacio para la memoria de las personas periodistas asesinadas por ejercer su profesión― donde, además de intercambiar conocimientos y experiencias, se dedicaron a jugar.  

Con el juego, reivindicaron las potencialidades de lo gozoso y de la fiesta como espacios para construir conocimientos que guíen hacia mejores condiciones de vida para las personas trabajadoras agrícolas migrantes; conocimientos que no nazcan del abuso y la explotación, sino de espacios donde la comunidad, el diálogo y lo lúdico sean el centro. 

Frente a un mundo que parece cada vez más desesperanzado, Proyecto PERIPLO construyó un universo propio donde, por dos días, sus integrantes aprendieron nuevas formas de organización y de toma de decisiones y compartieron los logros y acciones clave realizadas. Se puso sobre la mesa la necesidad de generar procesos cuidadosos con las personas; es decir, respetar los ritmos de cada cual, especialmente en los trabajos relacionados con la defensa de derechos humanos, donde la carga emocional suele ser fuerte y compleja de gestionar en medio del vértigo productivista. 

Para Daniela Whaley, del proyecto Aguacero―que fue el encargado de organizar las actividades del encuentro―: “Es necesario escuchar a las personas que trabajan con nosotres, no sobrecargarles, aprender a crear otras formas de organizarnos que no representen el mismo desgaste y la misma explotación aprendidas”. 

Se habló también sobre la importancia del trabajo colectivo en la defensa de los derechos humanos, una pieza fundamental para generar un impacto significativo y duradero. Y sobre cómo la unión de diversas personas y organizaciones permite una sinergia de habilidades, recursos y experiencias que potencian la efectividad de las acciones realizadas.  

De acuerdo con las personas asistentes al encuentro, la colaboración entre diferentes actores, incluyendo al sector empresarial y público, organizaciones no gubernamentales, movimientos sociales, y personas defensoras, fortalece la capacidad de incidencia y visibiliza las demandas ante la comunidad nacional e internacional, creando un frente unido que es más difícil de silenciar. 

Hacer comunidad y buscar nuevas formas de organización se presentaron como estrategias esenciales para resistir ante la brutalidad y la violencia sistemática.  

La creación de comunidades fuertes y solidarias como PERIPLO ofrece un refugio y un espacio de apoyo mutuo donde las personas pueden compartir recursos, conocimientos y habilidades. 

Estos espacios de tejido colectivo proporcionan redes de seguridad y formas alternativas de vida que fomentan relaciones basadas en la cooperación y la solidaridad, al construir vínculos de confianza y apoyo que son fundamentales. 

 

La organización a través del juego 

Durante ambos días la comunidad PERIPLO se reunió para intercambiar experiencias a través de un juego de mesa creado por Aguacero. De esta forma, las personas participantes se vincularon mediante la imaginación, la risa y la reflexión colectiva. 

Al respecto, el académico Gil-Manuel Hernàndez I Martí, escribe que “la potencia disolvente, transgresora e imprevisible de la cultura festiva se plasmó en resistencias y efervescencias colectivas que, además de cuestionar ritualmente el orden vigente, dejaron siempre abierta la puerta a la reivindicación política de la alegría festiva como vehículo de contestación, emancipación y vida plena (fiesta liberada)”. 

Durante el encuentro se planteó la necesidad de buscar maneras más gozosas de vincularse, de accionar y de habitar los espacios de trabajo usando siempre la imaginación como una posibilidad para inventar y reinventar nuevas formas de organización comunitaria.  

Para Natasha Montes, del Centro de los Derechos del Migrante, “buscar nuevas formas de organización permite imaginar y poner en práctica sistemas económicos y sociales más justos y equitativos”.

Estas formas de organización también promueven una mayor participación democrática, donde las decisiones se toman de manera inclusiva y horizontal, desafiando las jerarquías y las desigualdades. Así, se planteó que enfrentar la violencia sistémica requiere no sólo resistir, sino también construir alternativas sostenibles que demuestren que otro mundo es posible, donde la dignidad y los derechos de todas las personas sean realmente respetados. 

En este sentido, el juego y el goce se posicionaron como instrumentos fundamentales para encontrar nuevas rutas de cambio, ya que integrar estos aspectos en el entorno laboral ayuda a mejorar el bienestar de las personas. Para el filósofo Johan Huizinga: “Con esto tenemos ya una primera característica principal del juego: es libre, es libertad”. Así, el juego es una posibilidad para la libertad y la construcción de nuevos mundos, es un espacio para repensar las formas de habitar el espacio, y apostar por formas más amables y cercanas para construir relaciones.  

Para Manuel Hernàndez, lo lúdico es “la manifestación altersistémica de la alegría y del goce, para la práctica del juego y la creatividad, para la celebración vibrante de la vida y de lo común. Un buen vivir fraterno frente al precario y limitado bienestar de la sociedad de mercado”. 

De esta manera, durante ambos días de encuentro las personas asistentes apostaron por un universo donde es posible pensar en el futuro desde la posibilidad y no desde la tragedia apocalíptica; donde los tejidos se sostienen comunitariamente y el mañana es el anuncio de mejores condiciones de vida para todas las personas. 

Tal como lo aseguró Angélica Barrera de Stronger Together: “imaginemos juntes un mundo diverso, horizontal, digno, empático y equitativo. Enlacemos nuestro trabajo para defender la vida”.